Un beso

Me explicó que en su casa, solían darle lo que pidiera. Hacían un esfuerzo si era necesario, para que pudiera disfrutar de la vida, quedando sobre sí la medida de las peticiones, de los esfuerzos que hicieran aquéllos a quienes amaba. ¿Y fuera? Nunca le reprendí, aunque algunas cosas no me parecían bien, pero yo sólo soy juez de mis propios actos y decisiones. Quiso desaparecer, y volver. Y parecer ante mis ojos que no rompía sus propias normas, a mí me daba igual, no eran las mías, pero supongo que se avergonzaba. No lo sé, ni tampoco es que no me importe, simplemente es algo sobre lo que nadie más puede opinar.

Y al final quiso un café, para poner su vida en orden. La mía se dolió, me dirigió una mirada recriminadora, pero no se quejó, simplemente recordó aquello de “Tú no te paras a ver si algo es fácil o difícil, simplemente lo haces”. Y lo asumió como pudo, porque quise creer que algo había cambiado. Ilusa, siempre fui una ilusa.

Y la semana pasada me pidió un beso. Sabe que odio que me intenten obligar a algo por estar con más gente, por hacer lo debido. Mi respuesta natural habría sido una negación. Y sin embargo se lo di, se llevó mi beso, que lo único que pude negarle una vez, bajo demanda directa, fue el corazón mismo de mi intimidad, el derecho a decidir, a escoger cómo manejar mi vida.

Y vuelvo a sentir esa mirada recriminadora. Pero no me riñe. Mi vida suspira y se resigna, y piensa en algo más práctico, cómo intentar encontrar nuestra sonrisa… ¿dónde se ha caído?

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