Dulce caucho

Volvía a mi casa con la perspectiva de toda una tarde de lectura, casi con la sensación de estar a punto de cometer una travesura. Y para aderezarla qué mejor que chuches, que la felicidad es mucho más simple de lo que creemos. Nada como una bolsa de golosinas para pasar una tarde entre las páginas de un libro. Vaya, hablo de libros como no me sale hablar de hombres, empiezo a pensar que tengo algo suelto por la cabeza.

Bueno, a lo que iba, que al llegar al kiosco, como era medio de chuches medio de prensa no me hice muchas ilusiones y empecé por lo básico, fresitas. ¡¡¡Y no habia!!! No me lo puedo creer.

Pero señores, ¿en qué nos estamos convirtiendo? Entiendo que los tiempos cambian, que aquellos ladrillitos que me volvían loca ya no son fáciles de encontrar, rellenaron la mayoría con una especie de pasta de azúcar blanco. Pero hay valores fundamentales, cosas que hace que no perdamos nuestra esencia. ¿Qué mundo es éste en el que puede existir un kiosco de chucherías sin fresitas?

Cielos. Di un buen rodeo a la busca y captura de un kiosco capaz de merecer tal nombre, pero me tuve que contentar con el único abierto y medio decente que había más o menos cerca. No tenían los palos esos rojos de caucho, no los rellenos que tienen pica-pica, los que son enteros rojos, con otros más finitos en espiral alrededor, con la misma textura de neumáticos de coche y dulces dulces…. mmmmmm… pero por lo menos era un kiosco con cierta decencia y principios, y encontré mis maravillosas fresitas.

Libro y chuches
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